Crítica de Confessions II

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Una trinidad atraviesa Confessions II: la mística de la sanación en la pista de baile, la herida biográfica y la autoproclamación como deidad pop. Con Stuart Price director sonoro del primer Confessions nuevamente involucrado, en diálogo con la alquimia sintética de productores contemporáneos como Arca y Andrew Watt, el decimoquinto álbum de Madonna equilibra intimidad y clubbing en su mejor entrega de los últimos años.

Confessions II comienza con I Feel So Free, una pieza de dance house refinada que suena como la prima hermana renovada de Future Lovers. Allí, Madonna recupera la voz de French Kiss, el himno de Lil Louis & The World que definió el acid house en 1989, para estampar con ella una declaración de soberanía: By the way, it all started like this. El sample abre el disco como un texto sagrado: no queda claro si la frase alude al origen del universo, a la invención de la pista de baile o a la construcción biográfica de su propia leyenda. Los tres mundos colisionan en un mismo verso.

Con un universo sonoro que fusiona sintes analógicos arpegiados -el famoso sonido euro-disco de los años 70 y 80- con bajos de compresión extrema y texturas hiperpop contemporáneas, la reina del pop describe la pista de baile como un ritual colectivo de sanación. En One Step Away, la sentencia es clara: La gente cree que la música bailable es superficial, pero están equivocados. La pista de baile es un umbral. Un espacio ritualístico donde el movimiento reemplaza al lenguaje.

Con Danceteria, invoca al célebre club neoyorquino en el que trabajó a comienzos de los 80. Atendiendo el guardarropas, entre abrigos ajenos, por entonces todavía atesoraba en sus propios bolsillos sus primeros demos, listos para pasar de mano en mano entre las figuras de la noche que frecuentaban el club. En la canción menciona a personas que compartieron aquellos años con ella, muchas de las cuales murieron jóvenes -varias a causa del sida- o quedaron fuera del relato oficial de la cultura pop. De esta manera, convierte la pista de baile en un espacio de memoria tanto como de celebración, reconstruyendo su propia biografía y, con ella, parte de la historia de la cultura LGBT+ y del clubbing moderno.

Christopher Ciccone, hermano de Madonna, fue su director de arte durante los años en que ella terminó de forjar la iconografía más memorable de su carrera. Su muerte, en 2024, atraviesa uno de los momentos más desnudos del álbum con Fragile. Los hermanos estuvieron distanciados durante años después de que él publicara, en 2008, un libro en el que revelaba intimidades de la artista sin su autorización. En esta canción, Madonna recupera fragmentos de la infancia y de los sueños compartidos, y postula que, aunque la vida nunca termina porque la energía nunca muere, resulta difícil despedirse de las personas cuando abandonan el plano físico. Que la reconciliación haya llegado recién al final, y que él haya muerto poco después, transforma la canción en algo más cercano a la autocompasión que a la confesión.

De esta manera, Madonna va revelando el diccionario de supervivencia que construyó para afrontar su vida. De ahí la repetición casi obsesiva de palabras como alma, luz, amor y libertad. Lee sus batallas personales a través de la metafísica: sanar es perdonar a los otros y, fundamentalmente, perdonarse a sí misma por las decisiones extremas que tuvo que tomar para llegar a la cima.

Confessions II triunfa porque, además de sonar increíblemente fresco, nos muestra a una Madonna completa. Está la leyenda fundadora del movimiento. Está la mujer de heridas emparchadas cuya profundidad solo ella y unas pocas personas en el mundo conocen —ser una máquina de visibilidad y facturación estrafalaria viene de la mano con daños de la misma magnitud—. Está la exploradora espiritual que reivindica su creencia en algo superior y nos invita a todos a bailar para alcanzar algo parecido a una sanación colectiva. Pero, sobre todo, está la artista que, después de más de cuarenta años de carrera, conserva la fuerza creativa para mantenerse vigente con obras nuevas en lugar de recurrir a nostálgicos y tristes revivals. La que sigue sabiendo rodearse de equipos a la altura de sus ambiciones y puede confrontar a quienes todavía intentan decirle qué debería hacer o cómo debería vestirse a su edad: bitch, I’m Madonna.

 

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